Una semana después del Día del Abogado, continuamos nuestros homenajes a los profesionales de la Abogacía, esta vez desde otra perspectiva.
La comunión de escritores formados en Derecho nos recuerda que el ejercicio de la Abogacía — y, especialmente, de la Abogacía Penal — exige más que dominio técnico. Exige sensibilidad para comprender al otro, creatividad para encontrar caminos y, sobre todo, dominio de la palabra.
Quizás no sea casualidad que tantos juristas hayan encontrado en la literatura una segunda forma de expresión. Entre el Derecho y la literatura existe una materia común: la palabra y la capacidad de, a través de ella, hacer que alguien vea aquello que hasta entonces permanecía oculto.
La Abogacía Penal y la búsqueda de caminos
Tomando prestadas las palabras del autor Milan Kundera en La insoportable levedad del ser, todo se vive por primera vez y sin preparación, como si un autor entrara en escena sin haber ensayado jamás.
Hay algo de esa misma condición en la Abogacía Penal.
Cada proceso presenta circunstancias propias, personas diferentes, acontecimientos irrepetibles. No existe un guion que pueda seguirse íntegramente. Ante aquello que se presenta, es necesario imaginar y ver aquello que todavía no ha sido planteado.
Si la tesis A es rechazada, se plantea la tesis B. Se activa la estrategia C. Se busca un nuevo pasaje cuando la primera puerta se cierra.
La Abogacía Penal exige, así, un ejercicio permanente de construcción. Es la búsqueda de caminos posibles — incluso de aquellos que todavía no han sido recorridos.
Pero la creatividad de la defensa no consiste en crear los hechos. Consiste en saber cómo presentarlos.
Esto exige técnica. Pero también exige empatía. Exige saber organizar los hechos, elegir aquello que debe decirse, reconocer aquello que no puede dejarse de lado y construir una secuencia capaz de conducir al juzgador por el mismo camino recorrido por la defensa.
Muy lejos de simplemente “crear una narrativa”, ejercer la defensa significa encontrar la forma adecuada de exponer una realidad.
Mineirinho y la Abogacía Penal
El Día de la Abogacía también abre un espacio para reflexionar sobre quienes nos precedieron y continúan inspirando la lucha de los abogados y las abogadas penalistas.
En 1962, Clarice Lispector escribió Mineirinho, una crónica publicada en la revista carioca Senhor. En ella, parte de un acontecimiento concreto — la ejecución de José Miranda Rosa, Mineirinho, a manos de policías vinculados al llamado Escuadrón de la Muerte — para construir algo mucho mayor que el relato de una muerte violenta.
Clarice no se limita a contarnos lo que ocurrió.
Nos coloca frente al acontecimiento.
Y, sobre todo, nos obliga a preguntarnos desde dónde estamos mirando.
La fuerza de la crónica reside precisamente en ese desplazamiento. El lector ya no permanece ante Mineirinho como ante un personaje distante, marcado únicamente por el crimen que se le atribuye. Poco a poco, la distancia desaparece. La muerte del otro comienza a alcanzarnos.
Es en este punto donde la literatura de Clarice encuentra a la Abogacía Penal.
Porque defender a alguien no significa ignorar los hechos, ni negar la gravedad de una acusación. Significa, ante todo, impedir que una persona sea reducida a aquello de lo que se la acusa.
La tesis jurídica, por más técnica y sofisticada que sea, no se sostiene por sí sola. Los hechos, por más graves que sean, tampoco hablan por sí mismos: necesitan ser comprendidos, organizados y sometidos al adecuado encuadre jurídico.
Es en esta línea tenue — y, a veces, tambaleante — donde se encuentra la Abogacía Penal.
Entre lo técnico y lo humano. Entre la norma y la realidad. Entre aquello que está escrito en los autos y aquello que existe más allá de ellos.
Corresponde a la abogada entrelazar estas dos dimensiones.
Hacer que lo jurídico no pierda de vista lo humano. Y hacer que lo humano pueda ser comprendido a la luz del Derecho.
Quizás esta sea una de las formas más bellas de comprender la Abogacía Penal: no como el arte de fabricar versiones, sino como el arte de encontrar, entre los muchos caminos posibles, aquel que permita que una persona sea verdaderamente vista.




