Cuando llega un oficio del Ministerio Público o del Tribunal de Cuentas: cómo responder sin crear un problema mayor

La mayoría de las empresas que prestan servicios a un ayuntamiento no temen una “investigación” en abstracto; temen el día en que llega un oficio del Ministerio Público o un requerimiento del Tribunal de Cuentas y, de pronto, un contrato rutinario pasa a tratarse como sospechoso. En ese momento, el impulso suele ser el mismo: contestar rápido, explicarlo todo, “cerrarlo cuanto antes”. El problema es que, en contexto electoral, el oficio rara vez es sólo una solicitud de información. A menudo es el inicio de una narrativa. Y cuando la empresa responde sin método, lo que debería ser una aclaración se convierte en contradicciones, exposición reputacional y, en el peor escenario, un caso penal.

El oficio no es papel: es un recorte de la historia que alguien eligió contar

Un oficio selecciona hechos. No suele preguntar “¿qué ocurrió?”, sino “¿por qué ocurrió así?”. La primera medida, por tanto, es leerlo como una acusación embrionaria, aunque el tono sea neutro. ¿Qué fechas, personas, pagos, aditivos, certificaciones se destacaron? ¿Qué quedó fuera? ¿Qué presupuestos incorpora el texto?

Aquí muchas empresas se precipitan. En lugar de responder a lo preguntado, pasan a escribir “su versión” del contrato, añadiendo detalles que nadie pidió y creando, sin darse cuenta, nuevos flancos para una segunda ronda de requerimientos. En materia de control, el exceso de narrativa suele salir caro.

Quién habla por la empresa importa tanto como lo que se va a decir

En municipios pequeños, es habitual que el propietario, el responsable operativo y el financiero sean la misma persona. Eso tiene una consecuencia: una respuesta “de impulso” equivale, en la práctica, a una declaración informal. Según el caso, el controlador interno, el fiscal o el auditor leerá la contestación como admisión de hechos, asunción de responsabilidad y, a veces, confesión técnica.

Por eso, la respuesta institucional exige una regla simple: una sola voz, un solo documento final, una sola cronología. Si distintos departamentos envían versiones paralelas, o cada gestor responde “a su manera”, el riesgo no es sólo parecer desorganizado. El riesgo es crear divergencias internas que luego se tratarán como “incoherencias”. Y la incoherencia es el combustible preferido de cualquier investigación.

El error más común es intentar resolverlo “explicando de más”

Hay diferencia entre aclarar y justificar. Aclarar es aportar datos verificables; justificar es explicar por qué se hizo algo y, casi siempre, abrir la puerta a discutir la intención. En asuntos sensibles, la intención es precisamente lo que el órgano de control intentará inferir. Cuanto más se escriba “hicimos esto porque…”, más se amplía el espacio para interpretaciones sobre motivación, conveniencia y eventual favoritismo.

La buena respuesta es la que se sostiene en documentos, cronología y criterios objetivos. No “cuentas una historia”; demuestras un flujo. No se trata de ser evasivo, ni de “dificultar”. Se trata de comprender que el papel de la empresa ante una autoridad pública es ser precisa. Y precisión, aquí, significa responder a lo preguntado, con soporte correspondiente, sin adornos.

La primera decisión estratégica: solicitud de información, entrevista encubierta o investigación en curso

No todos los oficios tienen el mismo peso. Algunos son meramente administrativos; otros ya nacen vinculados a un procedimiento y, por tanto, a una investigación en marcha; otros son, en la práctica, una “entrevista” por escrito, con preguntas abiertas para obtener compromisos y contradicciones.

En investigaciones penales dirigidas por el Ministerio Público, es frecuente que exista un procedimiento formal, regido por reglas específicas, como las de la Resolución CNMP 181/2017. Lo que se escribe puede incorporarse a un conjunto probatorio que después se leerá en clave penal. Lo mismo sucede con requerimientos en auditorías: cambia el lenguaje, pero la lógica es parecida. La respuesta pasa a ser pieza del expediente.

Esta clasificación inicial orienta tres cosas: el tono, el nivel de detalle y, sobre todo, la necesidad de abogado.

La respuesta sólo es segura cuando hay método: cronología, soporte y consistencia

Si tuviera que elegir un principio unificador para responder bien, sería: consistencia. Consistencia de fechas, documentos, importes, responsables y criterios.

En la práctica, esto implica reconstruir, antes de contestar, una línea temporal mínima del contrato: adjudicación, ejecución, certificaciones, aditivos (si los hay), pagos, notificaciones y cambios de alcance. Y alinear esa cronología con documentos que existan de verdad, no con la memoria de quien “cree que fue así”.

Este paso es, en esencia, una micro-investigación interna: corta, enfocada y probatoria. La empresa levanta hechos, identifica lo que puede demostrarse, separa el ruido y sólo entonces redacta. Es la misma lógica que en una investigación interna seria: aclarar sin incriminar, preservar evidencias, evitar versiones sueltas y proteger a las personas y a la organización.

En año electoral, el método vale el doble. El entorno es más ruidoso, las disputas políticas contaminan lecturas técnicas y una frase mal puesta se convierte en recorte.

Pedir plazo no es “parecer culpable”: es gobernanza

Otro impulso frecuente es pensar que pedir plazo “parece culpa”. No es así. Un pedido de plazo bien fundamentado es señal de responsabilidad y gobernanza: estás diciendo que no improvisarás una respuesta sobre dinero público, contratos y posibles consecuencias jurídicas.

Además, pedir plazo evita el peor escenario: responder incompleto hoy y “corregir” mañana. Las rectificaciones sucesivas suelen leerse como ajustes a posteriori, y eso erosiona credibilidad. En una investigación, la credibilidad es patrimonio.

El riesgo invisible: autoincriminarse por exceso de buena voluntad

Conviene decirlo con claridad: no todas las empresas son “testigos” neutrales en esta historia. A veces la empresa es un proveedor regular; a veces es objeto de cuestionamiento; a veces se convierte en instrumento de una disputa política; y a veces se la trata como potencial beneficiaria de una irregularidad.

Cuando la empresa no sabe qué papel está jugando, actúa como si todo fuera neutral y termina entregando por escrito elementos que luego se usarán en su contra. En términos simples: aporta el marco que faltaba para la acusación.

No hace falta imaginar conspiraciones. Los órganos de control trabajan con recortes. Juntan piezas. Si se entregan, sin necesidad, piezas que completan el puzle, se ayuda a construir el caso. Por eso, calibrar el alcance, decir sólo lo estrictamente necesario y redactar con precisión no son “tácticas agresivas”. Son autocuidado institucional.

Lo que cambia cuando el proveedor es pequeño: el caso se personaliza

En empresas con facturación contenida, el riesgo suele ser más humano que jurídico. El dueño firma, el dueño habla, el dueño responde, el dueño manda audios, el dueño intenta “resolverlo en el despacho”. Y cuando llega la crisis, deja de ser “de la empresa” para ser “de la persona”.

Si hay una recomendación de oro en año electoral municipal es ésta: separar a la persona física de la manifestación institucional. No es burocracia; es definir desde ya quién centraliza la comunicación, qué canales se usarán y cómo se registrarán decisiones. Lo que parece “formalismo” en tiempos calmados se vuelve escudo cuando el entorno se vuelve hostil.

El camino más corto para atravesar el oficio con seguridad

El camino más corto no es el más rápido. Es el más disciplinado.

Empieza por leer el oficio como recorte narrativo, pasa por reconstruir hechos (con documentos), define una sola voz institucional, pide plazo cuando haga falta y redacta una respuesta que se sostiene en soporte verificable, sin exceso de justificación y sin improvisación. Y cuando hay señales de sensibilidad —importes altos, aditivos, certificaciones discutibles, pagos concentrados, interlocución con agentes públicos—, incorpora defensa técnica desde el primer acto.

En año electoral, esto es todavía más importante: lo que está en juego no es sólo el desenlace formal del procedimiento. Es la reputación, la continuidad del contrato, la capacidad de seguir licitando y, muchas veces, la supervivencia del negocio.

Si trabajas con ayuntamientos, el mejor momento para organizar este método es antes de que llegue el primer oficio. El segundo mejor es el día en que llega.

Deixe o primeiro comentário

Utilizamos cookies para oferecer a melhor experiência possível em nosso site. Ao continuar navegando, você concorda com o uso de cookies.
Aceitar