Cómo la maratón me ayudó a ser un mejor abogado

La abogacía penal y la maratón exigen el mismo tipo de preparación. Quien corre 42 kilómetros aprende algo sobre planificación, paciencia, conciencia de los propios límites y resiliencia. Quien defiende un caso penal serio necesita exactamente el mismo conjunto de virtudes — no bastan voluntarismo, retórica ni prisa.

El domingo pasado completé mi sexta maratón. La largada de la Maratón Internacional de Paraná, en el sur de Brasil, está en la subida hacia el Puente de Guaratuba, y fue cruzando ese puente, con la prueba entera por delante, que volví a pensar en la conexión entre estas dos actividades. Empecé a correr maratones en 2020. Siempre fui una persona ansiosa, con prisa por resolverlo todo. La carrera de larga distancia me obligó a aceptar otra lógica: ciertos logros no se improvisan.

Abogacía penal y maratón exigen planificación

No se completa una maratón despertándose un día cualquiera. Ni siquiera un corredor experimentado puede prescindir de meses de preparación específica — entrenamientos largos para resistencia, cortos para velocidad, fortalecimiento muscular, alimentación ajustada, descanso programado, control de expectativas. Cada componente cumple una función; retirar uno solo de ellos compromete el resultado.

La defensa penal funciona con la misma lógica. Antes de cualquier manifestación, hay que saber adónde puede ir el caso. En algunos procesos, la meta realista es el archivo de la investigación. En otros, el rechazo liminar de la acusación. En otros aún, hay que preparar una instrucción larga, oír testigos, organizar documentos y construir una narrativa probatoria consistente para una absolución en primera instancia.

También hay casos en los que la tesis decisiva sólo se discutirá en el Superior Tribunal de Justicia (STJ) o en el Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil. En esos, el trabajo comienza antes. La contradicción al texto constitucional, la violación a la ley federal y los puntos relevantes para un eventual recurso especial o recurso extraordinario deben prepararse desde la primera manifestación defensiva. Una tesis defensiva no nace en el recurso. Nace en la primera petición.

La defensa penal no se improvisa

Hay pruebas cortas que toleran preparación corta. Una carrera de 5 km puede prepararse en pocas semanas. La maratón es otra cosa. No es sólo una distancia mayor — exige un cambio de rutina.

La abogacía penal contiene los dos tipos de demanda. Hay problemas puntuales que se resuelven en pocos días — una respuesta a un oficio del Ministerio Público, una orientación en el momento de una visita inesperada de la autoridad policial. Esas situaciones exigen agilidad. Pero los casos más difíciles y la carrera como un todo no se construyen así. La abogacía penal es práctica de fondo. Depende de reputación, previsibilidad, relaciones profesionales sólidas e historial de consistencia.

Ningún caso debe tratarse como si fuera el último. Tampoco debe venderse al cliente la idea de victoria a cualquier precio. El deber del abogado es hacer todo lo que esté técnicamente a su alcance para alcanzar el mejor resultado posible — coraje atemperado por prudencia, combatividad atemperada por una lectura correcta del terreno.

A lo largo de la carrera reencontramos a los mismos jueces, fiscales, comisarios, funcionarios, colegas abogados y clientes. Todos siguen, de algún modo, por los mismos 42 kilómetros de la vida profesional. Por eso, la credibilidad no puede sacrificarse por una victoria momentánea ni por una promesa irresponsable.

Saber el ritmo justo también es estrategia

Durante la prueba del domingo pensé en algo concreto. Una semana antes, en la Maratón de Londres, Sabastian Sawe se convirtió en el primer corredor en completar una maratón oficial por debajo de dos horas, con una marca de 1h59min30s. Por mucho que entrene, nunca correré cerca de eso. Si algún día cruzo la línea de meta por debajo de cuatro horas, quedaré muy satisfecho — para mí, ése ya es un resultado excelente.

La abogacía exige la misma honestidad con los propios límites. Saber en qué se es bueno, dónde aún se necesita mejorar y cuándo es necesario actuar al lado de personas más experimentadas en determinada área. Siempre hay alguien más técnico, más rápido, más especializado en algún punto. Reconocerlo aumenta la probabilidad de que el resultado sea bueno para el cliente.

El objetivo no es “ser el mejor” en abstracto. Es entregar, en cada caso, el mejor trabajo posible dentro de las condiciones concretas — con honestidad intelectual y compromiso real con el cliente.

No toda victoria tiene la misma forma

En una maratón, completar la prueba puede ser la victoria. En otra, mejorar algunos minutos. En otra, terminar sin lesión ya basta. El resultado se mide por la preparación, el recorrido, el clima, el cuerpo y el contexto.

En la abogacía penal ocurre lo mismo. En algunos casos, la absolución es una meta realista. En otros, la mejor entrega posible es evitar la prisión, obtener una pena no privativa de libertad, reducir el daño patrimonial, preservar la empresa, limitar los efectos reputacionales o impedir que una investigación mal conducida destruya la vida del cliente antes de cualquier condena.

Esto debe decirse al cliente con claridad. No siempre el resultado posible es el resultado soñado. Pero, con frecuencia, el resultado técnicamente alcanzable es decisivo para la vida de la persona. Para quien enfrentaba un riesgo concreto de prisión, no ser preso puede ser una victoria enorme.

Saber perder también forma parte del trabajo

Hay pruebas en las que uno se rompe. Calambre en el kilómetro 30, una rodilla que se traba, un dolor de estómago que no pasa. En algunas se puede terminar — más lento, con dolor, pero cruzando la línea de meta. En otras, lo correcto es abandonar, evitar una lesión peor y volver a entrenar para la próxima carrera. Las dos decisiones son legítimas. Quien corre maratones con seriedad ya pasó por ambas.

La abogacía penal tiene episodios equivalentes. Hay casos que se pierden. Pruebas que no se sostienen, audiencias en las que un testigo va mal, decisiones judiciales contrarias incluso cuando el trabajo técnico fue sólido. Quien ejerce hace tiempo suficiente ya pasó por eso.

Lo que distingue no es evitar esas situaciones — es saber lidiar con ellas. Casos perdidos exigen una lectura honesta de lo que falló, ajuste de estrategia para los próximos casos y reanudación del trabajo. Desanimarse no devuelve el resultado y no ayuda al próximo cliente. La carrera sigue, y los próximos clientes necesitan que el abogado siga también.

El largo plazo como método de trabajo

La maratón enseña a tomar decisiones difíciles. Dormir mejor. Comer mejor. Entrenar incluso sin ganas. Reducir excesos. Aceptar entrenamientos malos. Reanudar después de lesiones. Soportar semanas en las que el progreso no aparece.

La abogacía penal exige la misma disposición. Hay procesos que duran años. Hay tesis que maduran lentamente. Hay decisiones injustas que deben enfrentarse sin perder lucidez. Hay momentos en los que la defensa debe insistir, preservar la materia, recurrir, reconstruir la estrategia y seguir.


Cruzar la línea de meta después de 42 kilómetros me hizo pensar que la maratón no me enseñó solamente a correr. Me enseñó a esperar mejor, a planificar mejor y a aceptar que ciertas cosas importantes no ocurren a la velocidad de la ansiedad.

Tal vez eso me haya ayudado también en la abogacía penal. Defender a alguien en un proceso penal exige técnica, pero también exige fondo. Exige saber cuándo acelerar, cuándo conservar energía, cuándo insistir, cuándo recalcular la ruta y cuándo explicarle al cliente que la victoria posible es distinta de la victoria imaginada.

La maratón me hizo menos apresurado. Probablemente, por eso, me hizo también un mejor abogado.


Guilherme Brenner Lucchesi es abogado penalista, doctor en Derecho por la UFPR, LL.M. por la Cornell Law School, profesor de Derecho Procesal Penal en la Universidad Federal de Paraná (UFPR) y socio fundador de Lucchesi Advocacia.

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