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Entre los higos y las elecciones: el valor de pensar en el ejercicio del Derecho

En La campana de cristal, Sylvia Plath imagina la vida como una higuera. En cada rama, un higo representa una posibilidad: una carrera, un amor, una forma de existir, un futuro entre tantos otros. La protagonista desea todos los frutos, pero no consigue elegir. Mientras duda, los higos maduran, empiezan a pudrirse y caen. Paralizada ante las posibilidades, termina quedándose sin ninguno.

La metáfora revela algo que no siempre estamos dispuestos a admitir: no elegir también es una elección. La vacilación no detiene el tiempo, del mismo modo que negarse a asumir una posición no impide que se produzcan las consecuencias. Mientras esperamos una certeza que quizá nunca llegue, algunas posibilidades dejan de existir.

Esta imagen también tiene algo que decir sobre el ejercicio del Derecho. La formación jurídica nos enseña a interpretar normas, estructurar argumentos y anticipar consecuencias. Aprendemos a identificar riesgos y a construir soluciones técnicamente defendibles. Pero ¿qué debemos hacer cuando el camino más seguro no es necesariamente el que mejor responde a las exigencias del Derecho?

El valor de cuestionar el camino más fácil

El ejercicio del Derecho exige tomar decisiones constantemente. Entre interpretaciones posibles, argumentos disponibles e intereses en conflicto, debemos decidir qué defender y qué consecuencias estamos dispuestos a asumir.

No siempre la decisión más difícil es la más correcta. El valor, por sí solo, no convierte a nadie en alguien que tiene razón. Sin embargo, hay situaciones en las que hacer lo que parece correcto exige estar dispuestos a contrariar expectativas, afrontar resistencias o cuestionar premisas tan arraigadas que han dejado de parecer necesitadas de justificación.

Esto es especialmente importante en el Derecho Penal. La práctica penal se desarrolla en un campo de tensiones entre la legítima expectativa de que se exijan responsabilidades y los límites impuestos al poder punitivo del Estado. Estas dimensiones no son incompatibles. Es precisamente el respeto de los límites jurídicos lo que distingue el ejercicio legítimo del poder de su utilización arbitraria.

El problema comienza cuando las garantías se perciben como inconvenientes, cuando el procedimiento parece secundario frente al resultado deseado o cuando la complejidad de un caso se reduce a la necesidad de ofrecer una respuesta inmediata. En estas circunstancias, defender los límites del poder puede convertirse en una posición incómoda.

Es aquí donde la técnica jurídica revela sus límites. Conocer la norma no resuelve, por sí solo, el problema de decidir si estamos dispuestos a defender sus exigencias cuando contradicen nuestras expectativas. El valor jurídico no consiste en cuestionarlo todo, sino en no sustituir el examen de las razones por la conveniencia de la conclusión.

La memoria de la abogacía

La historia de la abogacía brasileña también está marcada por profesionales que, durante la dictadura militar, defendieron a personas perseguidas y buscaron preservar espacios de contestación en un contexto de restricción de las libertades. Incluso cuando no podían garantizar resultados, estos abogados mantenían abierta la posibilidad de cuestionar acusaciones y exigir razones que justificaran el ejercicio del poder.

Esta memoria no necesita idealizarse para seguir siendo significativa. Nos recuerda que el ejercicio de la abogacía implica decisiones que van más allá del dominio técnico y que el sentido de la actuación profesional también se revela en las posiciones que decidimos defender.

Pensar antes de juzgar

Es en este punto donde la reflexión de Hannah Arendt adquiere relevancia. Al investigar la relación entre pensamiento, responsabilidad y juicio, Arendt llamó la atención sobre los peligros de una actuación que prescinde del examen del significado y de las consecuencias de los propios actos.

Pensar no significa simplemente acumular información o dominar conceptos. Significa interrumpir el curso automático de las cosas para examinar aquello que se presenta como evidente, confrontar nuestras propias justificaciones y preguntarnos si resisten la reflexión.

El Derecho depende de esta capacidad. Quienes juzgan deben examinar las razones por las que condenan o absuelven. La acusación debe contrastar sus hipótesis con las pruebas y los límites legales. La abogacía debe cuestionar no solo los argumentos de la parte contraria, sino también las premisas de su propia actuación. En todos estos ámbitos, la responsabilidad no se agota en el cumplimiento formal de una función.

Quizá por eso pensar sea, en determinadas circunstancias, una forma de valentía. No porque siempre conduzca a respuestas extraordinarias, sino porque impide confundir la familiaridad con una práctica con su justificación.

Los higos que elegimos dejar atrás

Volvamos a la higuera de Sylvia Plath.

Toda elección implica renuncia. No podemos vivir todas las vidas posibles, recorrer todos los caminos ni sostener simultáneamente todas las posiciones. La madurez quizá consista menos en eliminar esa pérdida que en reconocerla como parte inevitable de cualquier decisión.

En el ejercicio del Derecho, las decisiones van más allá de la realización personal. Tienen que ver con la manera en que entendemos nuestra responsabilidad y con los límites que estamos dispuestos a respetar, incluso cuando ignorarlos resultaría más conveniente.

No hay garantía de que la decisión correcta vaya a ser recompensada. La valentía tampoco nos libra de la posibilidad de equivocarnos. Exige, ante todo, que no convirtamos la incertidumbre en una justificación para la omisión permanente. Es necesario elegir, pero también seguir pensando después de haber elegido: revisar argumentos, reconocer errores y aceptar que nuestras razones sean sometidas al mismo examen que aplicamos a las razones de los demás.

Quizá no sea posible recoger todos los higos. Sin embargo, podemos decidir cuáles merece la pena alcanzar y por qué razones. Algunas decisiones tendrán un coste, y no siempre encontraremos aprobación al recorrer los caminos que hemos elegido.

Lo que no podemos hacer es imaginar que la ausencia de elección nos mantiene a salvo de sus consecuencias.

Al final, la pregunta no es únicamente qué futuro deseamos construir, sino qué responsabilidad estamos dispuestos a asumir para hacerlo posible. En el Derecho, esa responsabilidad comienza cuando comprendemos que pensar, elegir y defender los límites del poder no son tareas accesorias al ejercicio de la profesión. Son parte de aquello que le confiere sentido.

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