Durante las últimas semanas, este blog se ha convertido, casi sin que lo hubiéramos planeado, en una pequeña conversación sobre lo que significa ejercer la abogacía.
Primero, Igor Rayzel escribió sobre la profesión incómoda: la función de quien vuelve a la premisa cuando todos los demás ya se han conformado con la conclusión, busca aquello que no encaja e insiste en formular la pregunta que otros preferirían dar por superada.
La semana siguiente, Mariana dos Santos partió de Clarice Lispector para hablar de la palabra, de la creatividad y, sobre todo, de nuestra capacidad de mirar al otro. En Mineirinho, Clarice no ofrece al lector una tesis jurídica. Hace algo quizá más difícil: cambia el lugar desde el que observamos a una persona a la que sería muy fácil reducir al delito que se le atribuye.
Mientras se publicaban esos textos, yo estaba inmerso en otro encuentro entre abogacía y literatura.
El pasado 20 de agosto, en la Biblioteca Pública de Paraná, presentamos Advocacia Criminal na Literatura (Abogacía Penal en la Literatura), libro que coordiné junto con el profesor Diogo Malan. La obra nació como sucesora de Advocacia Criminal no Cinema (Abogacía Penal en el Cine), publicada en 2024, y de una constatación que nos parecía bastante natural: mucho antes de llegar a las pantallas, el abogado ya habitaba los libros.
Sócrates se defendía ante sus acusadores mucho antes de que los dramas judiciales llegaran al cine. Cicerón convirtió la defensa en una forma de enfrentamiento político. Shakespeare utilizó los juicios para hablar de ley, equidad, prejuicio y poder. Dostoyevski comprendió, quizá mejor que casi nadie, la distancia que puede separar aquello que se prueba de aquello que todos creen saber. Kafka imaginó la pesadilla de una acusación frente a la cual toda defensa parece imposible. Harper Lee dio a Atticus Finch una dimensión simbólica que hace tiempo desbordó al propio personaje.
La lista podría continuar durante muchas páginas.
Pero, después del lanzamiento, me quedé pensando que quizá la pregunta más interesante no sea por qué la literatura se interesa tanto por la abogacía.
Tal vez sea la contraria:
¿qué puede enseñar la literatura a quienes ejercemos como abogados?
Los abogados que encontramos en los libros
La primera respuesta quizá esté precisamente en los personajes.
La literatura siempre ha sentido fascinación por los abogados porque hay algo naturalmente dramático en nuestra profesión. Alguien habla por otro ante quien tiene poder para decidir su destino. Hay conflicto, palabra, estrategia, culpa, duda, dinero, miedo, reputación, libertad. Material abundante para cualquier escritor.
Y los retratos rara vez son neutros.
Está el abogado heroico. Valiente, independiente, elocuente, capaz de permanecer al lado de alguien cuando todos los demás se han apartado. Estos personajes suelen reunir, en unas pocas centenas de páginas, muchas de las virtudes que la profesión quisiera reconocer en sí misma.
Quizá por eso nos gustan tanto.
Pero la literatura también conoce muy bien al abogado vanidoso, al oportunista, al manipulador, al profesional que confunde los intereses del cliente con los propios, a aquel para quien ganar termina siendo más importante que comprender por qué está luchando. Está el abogado servil al poder y también el que se enamora tanto de su propia inteligencia que deja de advertir las consecuencias de sus decisiones.
Ellos también nos sirven.
La literatura tiene la libertad de exagerar los rasgos humanos hasta volverlos imposibles de ignorar. Sus buenos abogados muestran algo de aquello que aspiramos a ser. Los malos, en ocasiones, revelan con incómoda precisión aquello en lo que podríamos convertirnos.
Son espejos deformantes. Y quizá precisamente por eso reflejan tan bien.
No todo libro necesita un abogado
Aun así, limitar la relación entre abogacía y literatura a los libros que hablan de tribunales sería perder casi todo lo que tiene de interesante.
Poco antes del lanzamiento, por recomendación del Dr. Igor, leí El viejo y el mar.
Hemingway no escribió una sola línea sobre abogacía en ese libro. Santiago no tiene clientes, no entra en tribunales, no sostiene argumentos. Es simplemente un viejo pescador que, después de muchos días sin conseguir pescar, decide ir más lejos. Mucho más lejos.
Finalmente encuentra el gran pez.
Y va tras él.
Hay algo profundamente seductor en esa persecución. El desafío extraordinario, la oportunidad que quizá no vuelva a presentarse, la convicción de que hay que seguir adelante precisamente porque lo que tenemos delante es mayor que aquello a lo que estamos acostumbrados.
Mientras leía, pensé muchas veces en la abogacía.
También hay casos que nos invitan a ir más lejos. Casos grandes, difíciles, peligrosos, intelectualmente fascinantes. El tipo de problema que despierta algo en el profesional al que le gustan los desafíos y que, precisamente por eso, puede empezar a creer que toda distancia merece ser recorrida solo porque al final hay un pez enorme.
Santiago consigue lo que parecía imposible.
Y es justamente entonces cuando comienza otra parte de la historia.
No pretendo atribuir a Hemingway una lección sobre despachos de abogados que, evidentemente, nunca escribió. La literatura no funciona así. La lectura pertenece también a quien lee, y cada experiencia ilumina pasajes distintos.
Fue mi profesión la que me hizo ver, en ese viejo, en aquel bote y en aquel pez, algo que reconocí.
Y quizá ese sea precisamente el punto.
La literatura no necesita hablar de abogacía para enseñar algo a un abogado.
Vidas que no necesitamos vivir
Un buen libro nos presta, durante unas horas, una experiencia que no es la nuestra.
Podemos conocer la ambición sin sucumbir a ella. Seguir la vanidad hasta sus últimas consecuencias. Comprender una obsesión desde dentro. Experimentar el miedo de alguien a quien nunca conoceríamos. Juzgar a un personaje y, algunas páginas después, descubrir que nuestro juicio decía tanto de nosotros como de él.
Podemos presenciar errores que no necesitamos cometer personalmente.
Para una profesión como la nuestra, eso tiene un valor difícil de medir.
Trabajamos con personas en situaciones a menudo excepcionales. Personas con miedo, acorraladas, avergonzadas, furiosas, orgullosas, injustamente acusadas, culpables, confundidas. A veces todo al mismo tiempo.
El Derecho nos ofrece categorías indispensables para afrontar esos conflictos. La literatura ofrece otro tipo de conocimiento. Menos ordenado, sin duda. Menos seguro. Pero extraordinariamente rico para quien pasa su vida profesional intentando comprender por qué las personas hacen lo que hacen — y cómo contar esa historia a otra persona.
Eso es parte de lo que Mariana encontró en Clarice. Mineirinho nos obliga a abandonar, aunque sea por un momento, la cómoda posición desde la que observamos al otro a distancia.
Dostoyevski hace eso constantemente. Machado de Assis también. Shakespeare, quizá más que nadie.
Y no hace falta quedarse en los clásicos.
Entre Dostoyevski y John Grisham
Existe cierta tentación, cuando se habla de literatura y Derecho, de imaginar que la conversación exige inmediatamente una estantería de grandes clásicos, preferiblemente en ediciones antiguas, y un repertorio lo bastante solemne como para justificar la aproximación.
No veo ninguna razón para ello.
Naturalmente, hay libros que han atravesado siglos porque continúan diciendo algo extraordinario sobre la experiencia humana. Es difícil imaginar que alguien pase por Dostoyevski, Kafka o Machado de Assis sin salir, de algún modo, distinto.
Pero también hay mucho que aprender de John Grisham.
Sus libros conocen los despachos, los clientes, la ambición profesional, la negociación, el miedo, el dinero, el poder institucional y el precio de las decisiones. Y conocen también algo que importa especialmente a quienes trabajamos con palabras: saben contar una historia y saben conseguir que el lector siga escuchando.
La literatura popular no tiene por qué disculparse por ser popular.
Tampoco toda lectura debe servir como demostración de erudición.
Un abogado que solo lee libros jurídicos probablemente conocerá cada vez más Derecho. No estoy igual de seguro de que, al mismo ritmo, conozca cada vez mejor a las personas sobre las que ese Derecho actúa.
Por eso, quizá el mejor consejo ni siquiera sea “lea los clásicos”.
Es simplemente: lea.
Lea grandes novelas. Lea cuentos. Lea teatro. Lea literatura brasileña. Lea el libro que ganó el Nobel y aquel que compró en el aeropuerto para pasar unas horas. Lea historias sobre abogados e historias que nunca se acercaron a un tribunal.
Algunas no dejarán nada.
Otras reaparecerán, sin previo aviso, años después, cuando esté frente a un caso, un cliente o una elección difícil.
Buscar la abogacía donde no está
Cuando organizamos Advocacia Criminal na Literatura, nuestro primer movimiento fue buscar la abogacía penal en los libros.
Encontramos mucho.
Encontramos al defensor heroico y al abogado detestable. La defensa del inocente y la defensa del culpable. El juicio justo y el juicio que parecía perdido antes de comenzar. Encontramos en los libros algo que la literatura siempre supo sobre nuestra profesión: quien decide colocarse al lado de otra persona cuando está siendo juzgada ocupa un lugar humano muy particular.
Hoy me parece que hay un movimiento inverso igualmente interesante.
Después de buscar la abogacía en la literatura, quizá podamos empezar a buscar la literatura en la abogacía.
En la forma de comprender a una persona real que entra en nuestro despacho. En la cautela frente a una historia que encaja demasiado perfectamente. En la percepción de nuestras propias vanidades. En la elección de la palabra capaz de hacer que otra persona vea una situación desde otro ángulo. En la sabiduría de reconocer que no todo gran pez merece ser perseguido hasta el final del mar.
Tal vez la literatura no enseñe cómo redactar un recurso, hacer un alegato ante un tribunal o conducir un interrogatorio.
Hace otra cosa.
Pone a nuestra disposición vidas que no hemos vivido, errores que aún no hemos cometido, personas que nunca conoceríamos y puntos de vista que no elegiríamos ocupar espontáneamente.
Para quien trabaja todos los días con conflictos humanos, eso ya es mucho.
Y quizá esa sea la relación más fértil entre la abogacía penal y la literatura: seguir buscando en los libros algo que nos ayude a comprender la profesión — y a comprendernos a nosotros mismos dentro de ella.
Para quien quiera continuar esta conversación, *Advocacia Criminal na Literatura* está disponible en Editora Lumen Juris.



